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jueves, 26 de mayo de 2011

Pirlo, el ingeniero


A menudo en el fútbol se usan metáforas para definir cierto tipo de jugadores: el ‘mastín’ es un marcador implacable, el ‘bomber’, un delantero despiadado, el ‘peón’ es un centrocampista de trabajo, mientras que el ‘geómetra’ es el director, quien diseña la trama del juego, de quien parte la acción.
Andrea Pirlo, siguiendo este esquema, pertenecería a esta última categoría, pero, con todo el respeto que merecen los geómetras, sería reductivo llamarle así. Si quisiésemos seguir dentro del mismo tema, se le podría definir como el ‘arquitecto’ o, mejor todavía, el ‘ingeniero’. Porque Andrea Pirlo, de Brescia, es un constructor de juego, pero de un nivel absoluto. Un fuera de serie con luz en los pies y una velocidad de pensamiento supersónica. Un campeón que comprende antes que los demás el ritmo de un partido, y, todavía más importante, sabe hacerlo suyo y cambiarlo si es necesario. Tiene un disparo potente, pero, sobre todo, preciso y ‘venenoso’, término que, no de casualidad, ha bautizado sus mortales lanzamientos de falta.
Y más que todo eso, es de una frialdad glaciar en los momentos necesarios: para él, tirar un penalti en el entrenamiento o inaugurar la serie en la final de un Mundial no tiene diferencia. Y si la tiene, no lo demuestra. Una cualidad común a los líderes, un valor del que sólo pueden presumir los auténticos elegidos.
Y Andrea Pirlo es un elegido: crecido en el Brescia, debutó en Serie A con 16 años recién cumplidos, en la 1995/95. Nace como mediapunta y en esa posición juega en el Rigamonti, luego con la Reggina y el Inter, hasta su regreso a Brescia en enero de 2001. En ese momento, para coexistir con Roberto Baggio, retrasa su posición y se transforma en ‘regista’, posición que hará su suerte y la del Milan en los sucesivos 10 años transcurridos como rossonero. Su palmarés es imponente: un Mundial de clubes, dos Champions League, Dos Supercopas de Europa, dos scudetti, una Supercopa italiana y una Copa de Italia. Esto por quedarnos sólo con los triunfos en el club.
Porque la historia de Pirlo está trufada también de muchas satisfacciones azzurre: campeón de Europa y máximo goleador del torneo continental en 2000 con la Sub 21, bronce con la selección olímpica en Atenas 2004, y, sobre todo, campeón del mundo en Berlín 2006. Ahora, en la Juve, se reencuentra con muchos compañeros de aquella fantástica aventura con quienes escribir nuevas páginas de una carrera extraordinaria.

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